domingo, 12 de junio de 2011

Marruecos II, una experiencia inolvidable. Día 1 (2ª entrega)

Vegetación mediterránea del Rif
Tras un pequeño paseo por la parada botánica obligada en el río Martil, donde los profesores se entusiasmaron hablándonos de de las condiciones excepcionales de temperatura, humedad y aislamiento de aquél lugar y las formaciones vegetales típicas (una mezcla del mediterráneo que habíamos visto en otras excursiones y especies más africanas) pusimos rumbo al Rif, al parque natural de Jebel Bouhachem, donde nos alojaríamos en las casa rurales de una aldea de la montaña en el corazón del parque.

¡La primera orquídea de la expedición! Es una Ophrys apifera.

Cistus albidus, jara blanca
Pasamos por Chefchaouen, el último de los asentamientos de tamaño considerable en nuestro camino, y nos fijamos en su actividad caótica desde el autobús.

Chefchaouen (Xaouen)
Empezamos a subir por las colinas peladas, por caminos sin asfaltar, llenos de baches y estropeados por las últimas lluvias que habían sido algo más fuertes de lo normal. El autobús iba rápido (demasiado para el estado del camino) para luego frenar y ajustarse a curvas imposibles con cierta temeridad.

Los caminos estaban en mal estado debido a las lluvias torrenciales de la primavera
-¿Qué se supone que debe hacer una en estos momentos? -le pregunté al profesor mientras dejábamos atrás el enésimo barranco. Cada vez eran más profundos y el camino estaba en peores condiciones.

-Reza a Alá y no pienses en nada más. Ni mires el precipicio.

Trepamos durante horas por aquellas colinas en la tartana marroquí, que parecía incombustible. No vimos apenas señales de presencia humana; de vez en cuando veíamos a algún hombre tumbado al hastial (como diría el Pajarero) o algún pequeño rebaño de cabras hábilmente conducido por un morito descalzo.

Jaimas en el valle
Vimos un puñado de jaimas en un pequeño asentamiento nómada, pero nada más. A parte de aquello, era como si aquellas enormes extensiones de tierra no fueran de nadie... Me sentí como imagino que se sentirían los colonizadores de América (alguno, supongo que se sentiría así) con kilómetros de tierras vírgenes por explorar por delante. Las colinas cada vez eran más altas y más verdes. En el camino terminamos con lo poco que quedaba de las viandas compradas en Martil y el hambre empezó a apretar.

Tras un rato largo, empezamos a ver algunos árboles dispersos. Los caminos se habían escarpado hasta niveles inimaginables y el calor empezaba a ser agobiante, a pesar de la brisita que entraba por las ventanillas abiertas.


En bus se paró cuando llegamos a un prado por el que corría un riachuelo y en el que dos sapos tenían un momento de intimidad que fastidiamos nosotros los biólogos con nuestras camaritas y nuestra curiosidad.

Parada en las turberas frente a las casas rurales

Amplexus de Bufo bufo, sapo común.
Cogimos las mochilas con la comida y subimos por un camino vallado con tablas y alambres. Unas cabras nos miraron con sus ojos de poseídas; el calor y el hambre empezaban a hacer mella en los ánimos, máxime cuando no sabíamos exactamente hacia dónde íbamos ni si iba a ser muy largo. Todos estábamos deseando sentarnos a la sombra y pegarle un trago a la botella de agua.



Una manada de niños morenos de diferentes edades salieron a recibirnos a la mitad de la subida; les regalamos algunos bolígrafos y chucherías que llevábamos a propósito para ellos (ahora sé que no es aconsejable practicar el limosneo... para el desarrollo de las comunidades no es bueno, pues se acostumbran a esta dinámica y nunca sienten como propios los proyectos, ya que es más fácil esperar el regalito del blanco rico que trabajar por el desarrollo de la comunidad).

Al llegar arriba, nos encontramos con un par de casas bajas pintadas de azul, gallinas sueltas sobre el polvoriento suelo que picoteaba la tierra en busca de algún bichito, y algo que (incongruentemente) me pareció una cochiquera. Claro, así de bote pronto, no caí en la cuenta de que sería bastante difícil encontrar un cerdo hozando por aquellos lares. Pero al ver unas uralitas apiladas, es lo primero que se me vino a la cabeza, ya que en Extremadura es típico verlas así en las fincas de cerdos.


Así que, mientras, nos acercamos un par de personas a investigar. María la Fotógrafa se atrevió incluso a echarle una foto al interior. Porque lo que vimos nos dejó de piedra. Dentro lo que había era un horno. Y una mujer, muy arrugadita, sentada en el suelo, abrigada hasta las cejas, con la puerta cerrada (en la fotografía se ve abierta, era una plancha de corcho) haciendo panes (los redondeles que se atisban en el interior). No fuimos capaces de adivinar por qué, en aquellas condiciones de temperatura (bajo una uralita tostada por el sol, junto a un horno encendido, con varias capas de ropa) ella misma no se había recocido. Cuando la buena mujer salió, por señas le preguntamos si aquellas tortas se comían, y ella se agachó con dificultad, cogió uno de los panes, le limpió las cenizas con un trapo mugroso y nos lo regaló. En otras condiciones no habría ni tocado el pan, pero no quisimos ser desagradecidos con aquella gente que nos iba a acoger. Estaba buenísimo, casi más que el de Martil.

Comimos lo que habíamos llevado desde Granada en el "jardín" de aquella casa, mientras hacíamos los grupos y compartíamos tortilla de patatas y el pan de la señora del horno. Los habitantes de aquella casa no salieron mucho, pero algunos de los muchachinos se prestaron a hacerse una foto. Esta está tomada de sorpresa; la señora asomada a la puerta es la del horno. Atención especial a la cantidad de ropa que lleva. El de la chilaba negra es el patriarca; es como el jefe de la aldea.


Nos dividimos en tres casas, y aquella era una de ellas, en la que se quedó el grueso de profesores y algunos alumnos. Nosotros fuimos a la segunda casa, y al último grupo, le tocó la casa que estaba a media hora de allí (y del autobús, que se quedaba allí aparcado) andando... (nosotros apenas 15 min)

De camino a nuestra casa, vimos que la vegetación del lugar era exuberante; yo estaba esperando ver aparecer un Velocirraptor entre los helechos, casi tan altos como yo, que crecían bajo el bosque de pinos que rodeaba a la "aldea" por llamarla de alguna forma, porque las casas estaban bastante dispersas.



Una pareja de caballitos del diablo sobre los Pteridum aquilinum (helechos de águila)
Al llegar a nuestra casa rural, comprobamos que se trataba de una casa de invitados, donde estaríamos atendidos por una de las mujeres de la casa contigua (seguro que era muchísimo más joven que yo, pero parecía mayor). Nada más llegar, pusieron la mesa y nos sirvieron un té de hierbabuena de bienvenida. El más bueno que yo había tomado en mi vida, con el matojo de hojas de hierbabuena frescas y mucho azúcar (me ha gustado tanto que, desde entonces, cada vez que me pido un té moruno en un bar, pido 4 sobres de azúcar...)

Antes de salir de España, nos recomendaron que no tomáramos más que agua embotellada, o hervida.
En este caso era agua hirviendo así que no debería haber ningún problema
Y luego, a echar la siesta antes de hacer la excursión de la tarde...

La casa tenía dos dormitorios, el salón común y una especie de cuarto de baño a la europea, con taza de vater y todo
Salimos por los alrededores; todos estábamos agotados, así que sólo fue "una vuelta" por las turberas y el bosque de pinos que rodeaban las casas, en pleno corazón del parque de Jebel Bouhachem.

Un señor pastoreaba un rebaño de vacas por el posque

El sendero transcurría por un espeso sotobosque en un alcornocal mediterráneo.
Vimos la vegetación arctoterciaria (antigua, que ha sobrevivido por su aislamiento y sus peculiares condiciones climáticas) y algunas cosas curiosas, como las colmenas artesanas hechas con corcho. Aquello estaba lleno de alcornoques, y por todas partes se veían elementos hechos de su corteza.

Colmena artesana de corcho 
Almacén de láminas de corcho cerca de la aldea.

Encontramos algunas orquídeas, pero la prisa y el cansancio me impidieron tomar nota de nombres y esas cosas que se suelen hacer en estas excursiones. Al menos tengo la foto.

Serapias sp
Erica sp en la turbera

En esta charca-turbera estuvimos un rato intentado identificar unas lagartijas de colores que correteaban alrededor, pero al final no lo conseguimos
Foto de grupo en el alcornocal
Tras la obligada foto de grupo, cogimos el caminito de vuelta. Pero era demasiado tarde; se nos echó la niebla y la oscuridad encima.

La niebla no nos permitía reconocer el camino y se hacía peligroso andar por la turbera

Los guías (padre e hijo; un hijo bastante pequeño para que diera confianza en guiar bien...) se pusieron a discutir el camino más corto, y al final nos dividimos en dos grupos. A duras penas, y en la oscuridad, conseguimos alcanzar la carretera.

(Continuará... En la próxima, la opípara cena de cuscús del Rif y las pintorescas casas en las que nos alojábamos)

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