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domingo, 9 de octubre de 2011

Diarios de Viajes. Aldeacentenera. Ruta de los Molinos por el río Almonte.

Entre Martines y Martas. 
Nueva ruta, esta vez por las Extremaduras indómitas, esas Extremaduras aún por explorar, y que conservan la belleza de las cosas salvajes, una belleza fuerte y desgarradora que inunda el alma del explorador y conmueve lo más profundo. Creo que algo así tuvieron que sentir los grandes descubridores de América.

Esta vez, nos internamos aguas abajo en el río Almonte, Aldeacentenera, en busca de las raíces de Mugen.  En busca del molino que fue de su abuelo, y donde se crió su madre no hace tanto.


Capítulo 1.  El Río Almonte.

Hicimos un pequeño esfuerzo y nos levantamos al amanecer, para no llegar muy tarde al río Almonte, en su paso bajo el puente nuevo. Dejamos el coche en el apartadero, en la margen izquierda, cerca del antiguo vado y echamos a andar junto a la corriente, río abajo.
Río Almonte, tempranito por la mañana
Primero tuvimos que buscar un lugar entre los rollos del río para poder cruzar, ya que la primera parte de la ruta transcurre por la margen derecha. A todo  esto, no hay indicaciones ni nada: sólo seguimos las rutas abiertas por el ganado y los pescadores, que son los únicos pobladores de estas zonas.

Justo cuando alcanzábamos la otra orilla, vimos nuestra primera pareja de  martín pescador (Alcedo attis) volando con su brillante plumaje verde esmeralda a la pálida luz de la mañana brumosa.
Lo sé, es pequeña y borrosa... pero estos bichos corren que se las pelan
 Andábamos despacio,con cuidado de no levantar la voz, y observábamos los primeros petirrojos (Eritacus rubecula) de la temporada que deben de acabar de llegar. Estos migradores vienen del norte a pasar el invierno en nuestras dehesas, y a ponerse gorditos y prepararse para la crianza. Los petirrojos se cruzan con los papamoscas cerrojillos (Ficedula hipoleuca) que bajan al sur huyendo de nuestros fríos invernales. No pude afotar al petirrojo que no dejaba de marcar nuestra posición con su canto aflautado.

Papamoscas cerrojillo (fijaos en la mancha característica)

Tarabilla adormilada
 A la altura de la primera pesquera, donde se divide el río para desviar un cauce de agua para el molino, una tarabilla pensativa (Saxicola torquata) parecía admirar las luces mortecinas de la mañana temprana, mientras nosotros buscábamos un lugar para pasar al medio entre los dos cursos de agua. Entrábamos en los dominios del molino de Tío Venancio, el primero que se encuentra río abajo desde el puente del río Almonte.


 Capítulo 2. Entre los pastores de árboles del Tío Venancio. 
Una vez ganado el terreno entre el cauce desviado y el río, que según las leyes antiguas es terreno propiedad del molinero, echamos a andar por en medio de lo que se suponía había sido el huerto del Tío Venancio. Los árboles de aquel huerto tenían un diámetro y una altura increíble; parecían ents durmientes, a la espera de un nuevo mago que combatir...

ACTUALIZACIÓN: Es una dehesa de fresnos, la cual es bastante infrecuente en Extemadura. 

Yo en el regazo de un primo ibérico de Bárbol


Se podía sentir la vitalidad de aquellos vetustos árboles y recordé una frase del hobbit Merry, en el Señor de los Anillos: "¿Te acuerdas del Bosque Viejo, donde acaban los Gamos? Cuenta la tradición que algo en el agua los empujaba a crecer altos, y a cobrar vida. Árboles que susurran, hablan entre ellos y pueden moverse."


Bosque Viejo del tío Venancio
Mientras atravesábamos aquel estupendo huerto, rodeado de agua por ambos lados, vimos una collalba, creo que gris (Oenanthe oenanthe) enredando entre las ramas de uno de los ents. Pero fue complicado verla claramente, porque era muy esquiva. Casi podíamos sentir el susurro de los árboles. La antigüedad de aquellos pies nos dejaba asombrados a cada paso; el aire que se respiraba casi olía a sagrado, a veneración.  De muchos de los árboles caían verdaderas barbas de líquenes (Pippin habría dicho: "¡Mira todas esas barbas y patillas que se arrastran! Desaliñados. No alcanzo a imaginar qué aspecto tendrá aquí la primavera, si llega alguna vez; menos aún una limpieza de primavera").
Cruzamos una cerca de piedra para poder continuar nuestro camino, ya que el sendero que transcurría junto al río estaba invadida por las zarzas. No tiene mucha pérdida: solo hay que seguir aguas abajo, entre los dos cauces (el del río y el del molino).
 Un ratito después encontrábamos la primera casa del molino de Tío Venancio (allí en el pueblo, todas las personas con una cierta edad son llamadas con el título "tío" o "tía", independientemente de que exista o no algún tipo de parentesco real).  

En total, había unos cuatro habitáculos; sospechamos que uno sería la cocina, otro la casa, algún tipo de almacén y unas cochiqueras que se conservaban muy bien. Estos eran los módulos "habitables", podría decirse: donde se hacía la vida. 

Cochiqueras del tío Venancio
Si se continua río abajo, podemos encontrar las construcciones del molino propiamente dicho. 
Molino del tío Venancio
Como puede verse, el molino está muy bien conservado. Sólo faltan los tejados, que eran de madera y tejas, y que están derrumbados en su totalidad. No es muy peligroso adentrarse en ellos, si no se toca nada. En la foto de abajo puede verse cómo debería llegar el agua por el cauce de la derecha, girar 90º y entrar en el molino por dos conductos, para mover sendas piedras de moler.

Disposición del molino del tío Venancio.

Al llegar al molino, nos asomamos desde la terraza natural para ver el río: nuestra sorpresa fue enorme cuando descubrimos a otra pareja de martines pescadores, a tan sólo tres metros por debajo de nosotros; fue intentar sacar la cámara, y desaparecer con su vuelo fugaz y su brillo azul-verdoso. El río allí hacía un remanso y estaba muy calmado. El bosque en galería que nos rodeaba creaba una atmósfera casi mágica.
Entramos en el molino del tío Venancio y encontramos las piedras cubiertas de hojarasca y ripios. Cualquiera diría que estas piedras giraban gracias al movimiento que les transmitía un largo eje, movido por unas palas desde abajo con la fuerza del agua desviada del río que venía por el cauce que veníamos siguiendo. Sólo con ver las dimensiones de la piedra y su peso, y la profundidad hasta la que se introducían los álabes da una idea del estruendo que tendría que haber en aquella habitación, con las dos ruedas de molino girando para hacer harina. Imagino el olor del trigo molido, el sonido del roce piedra-con-piedra, y el estruendo de la fuerza del agua en las acequias, el chirriar de las compuertas de hierro, la actividad del molinero acarreando sacos de grano y de harina, las conversaciones, la luz que entraría por las ventanas... parecían fantasmas de un pasado que realmente, no es tan lejano. Una inscripción en un lucido de una pared tenía garabateado el año 1953.
Eje visto desde lo alto de la piedra

Álabes semienterrados y el eje que transmitía la energía motriz del agua a la piedra del molino

Piedras de molino

Nos sentamos a comer algo y a descansar en la puerta del molino, a la sombra de un árbol-ent que se había vuelto "arbóreo" cantando, o gritando, quién sabe.
Ent cantando
 Mientras nos acomodábamos sobre los canchos que afloraban por todos sitios, muchos cubiertos de agradable y blandito musgo, escuché un ruidito que provenía del árbol cantante. Cuando la vi salir, pelirroja, con sus orejas de miki maus, su larga cola peluda y su carita de fisgona, con una expresión descarada que hacía más gracia aún. ¡Se trataba de una Garduña, Martes foina! Rápidamente le alcancé a Mugen la cámara para que le echase una foto, ya que estaba en mejor posición que yo, pero tras mirarnos y olisquearnos, decidió que no quería ser amiga nuestra y se marchó. Tan sólo pudimos conseguir esto:

Martes foina.
Lo sé, no es mucho, pero os puedo decir que era una garduña, aunque al principio pensé que era una marta (Martes martes). Según la guía de mamíferos, el babero blanco la distingue muy bien de la marta, aunque no estaba tan acusadamente dividido como dice. De todas maneras, mirando fotos en gugle he visto toda la variedad de manchas blancas. Sé que era blanca, y no amarilla. Además, se supone que es un animal muy adaptable, que no tiene problemas para vivir en ambientes rurales (molinos y ruinas por ejemplo...).

Fue emocionante. ¡Mi primer mustélido (vivo y salvaje)! A la pobre debimos de despertarla, ya que las garduñas son animales muy nocturnos. Cuando nos asomamos al árbol-ent descubrimos que era parada suya habitual, pues lo tenía bien marcado por todas partes con excrementos y restos de sus presas.

 Capítulo 3. En busca de las raíces. El Molino del abuelo Teodoro.
Tras el descanso y la emoción del encuentro con la garduña, continuamos la ruta. En este punto se hace un pelí difícil, ya que no tiene pinta de haber sido transitada desde aquí desde hace mucho, mucho. Matorrales y zarzas cortan un poco el paso aquí y allí, pero se pueden apartar fácilmente, siguiendo el camino de cabras que serpentea junto a la orilla del río. Poco después nos encontramos un cráneo y restos del pelaje y los huesos de un jabalí (Sus scrofa) muy bien conservados, que confirman su presencia por estos parajes junto con los agujeros escarbados que vimos cerca de algunos arbustos, probablemente para buscar tubérculos.

Mucho más adelante la vegetación se abre. Encontramos la pesquera del abuelo de Mugen, donde dice que pescaba con redes desde una barquita. Parecía bastante profunda. Mugen me contó que los molineros se ganaban  realmente la vida con el huerto y lo que sacaban del río.
Tras un trecho que me pareció infinito, vimos el desvío del río hacia el cauce que lo conducía al molino. Cruzamos una pradera donde pastaba un rebaño de vacas que nos miraron un poco antes de seguir a lo suyo, y nosotros nos metimos en el cauce para ir a la sombra de los ents que vivían en el huerto del abuelo Teodoro. 

Pronto encontramos las casas. Teníamos un chozo redondo, en cuyo interior aún sobrevivían los restos de una chimenea, incluso con una sartén colgada, una carretilla y algunos útiles que me hicieron sentir la presencia de los antiguos habitantes del molino. Miré a mi alrededor y admiré el paisaje. Verdaderamente me hacía sentir pequeña. Las colinas estaban cubiertas de una dehesa asalvajada entre la que se veía asomar enormes canchos de piedra caliza. No  se veía una torre de luz en ninguna parte del horizonte. No se escuchaba ni siquiera el rumor de la carretera. No había basura de domingueros (tan omnipresente en nuestros campos, por desgracia).

Tan solo se escuchaba el piar de los pájaros, el viento en las copas de las encinas y el chirriar de algunos saltamontes. Me imaginé que aquél paisaje era el que veía todos los días al levantarse la madre de Mugen, inmutable, con una hermosura que me dejaba sin palabras y sin respiración.
He tardado muchos años en darme cuenta de que esta tierra tiene una belleza indómita; he tardado en aceptar que precisamente este aislamiento es el que ha permitido conservar todos estos paisajes, aún por descubrir, pero que no te dejan nunca indiferente.

Parte del tejado aún se sostenía sobre las vigas de madera, pero el interior estaba intransitable.
Mucho más lejos, el cauce se alejaba tanto de río, que la presencia de éste sólo se adivinaba por los zarzales que había al pie de la colina. Llegamos al molino del abuelo Teodoro, un poco más humilde que el de su vecino, pero también bastante bien conservado. Descansamos allí de nuestras 5 horas andando (aunque a la vuelta cubrimos el mismo camino en hora y media, a buen ritmo). Habíamos ido despacito, fotografiando mucho y parando para observar la fauna y la flora, los paisajes, el río...

En el molino aún podían adivinarse las dos piedras bajo la fusca y las hierbas, pero no se podía entrar apenas. Todos los cascotes del tejado y montones de ripios llenaban la habitación. 
Piedra de molino del abuelo Teodoro
Aliviamos nuestros pies en el río fresquito y descansamos mientras veíamos una pelea entre dos cangrejos americanos. Estos cangrejos han sido la salvación de las poblaciones de nutria en España; todo el camino que habíamos seguido estaba lleno de sus excrementos y de restos de cangrejos secos y blanquecinos por el sol.

Mugen recordaba haber estado allí muy pequeño, de visita con sus padres. Se le veía muy contento y entusiasmado, al poder recobrar aquella ruta y aquellos recuerdos. Allí habían vivido sus abuelos y su madre, conocida en el pueblo como la Molinera, no hace tanto tiempo. Entre aquellas encinas habían pasado parte de su vida, personas conocidas y queridas, personas reales, con rostros. No es un pasado tan pasado. Pero parece que hace siglos que ocurrió todo esto. Ahora el tiempo corre mucho más deprisa; la vida es ajetreada, no te da tiempo a ver lo que ocurre a tu alrededor, ni casi a comprenderlo. Pero la tranquilidad de aquellos tiempos se ha conservado en estos parajes, y podemos recuperarla emboscándonos, como dice Joaquín Araújo, disfrutarla en la soledad de esta belleza, en la compañía de mi hobbit preferido, visitando este Valle Largo.

 

viernes, 14 de noviembre de 2008

Jornada de Anillamiento


Me levanto (tras cuatro horas de sueño) a las 6 de la mañana. El frío se me cuela hasta debajo del pijama cuando empiezo a vestirme; el termómetro exterior marca 2 grados sobre cero. Hoy ha caído la primera helada del invierno. Me encebollo con capas y capas de ropa, desayuno lo que me permite mi estómago a estas tempranas horas y salgo pitando con las cosas del campo.


Colocado la red japonesa,
uno trabajando y los demás mirando,
como auténticos españoles

Hoy hemos ido a anillar pajaritos con el Pajarero, cerca de la Dehesilla. Hemos ido bastante gente, entre ellos Cancho, Pomulates, Car, Pipe y Jorge; Franki se ha acercado a última hora, ya cuando recogimos las redes, que ha venido de Córdoba este finde por ser fiesta y nos ha echo una visita.


Curruca cabecinegra (Sylvia melanocephala)


Hemos anillado cerca de 30 pajaritos, todos paseriformes, ya que el método de las redes japonesas no permite otra cosa. Las colocamos entre unos chaparros atentamente observados por la Chunga, la labradora del Pajarero, y luego nos tomamos un cafelito (del termo de Pipe) mientras esperábamos la primera tanda. Currucas cabecinegras y capirotadas (Sylvia melanocéphala y Sylvia atricapilla), petirrojos (Erithacus rubecula) y poco más; tres verdecillos (Serinus serinus) han sido de los más manoseados, porque había un macho, una hembra y un joven, y con los tres en la mano se veían bastante bien las diferencias; además, ya en enero se pueden ver y escuchar en la universidad montones de ellos en celo, con su paroteo alegre, por lo que son bastante populares.

Serinus serinus, verdecillo


A veces los pájaros se estresan tanto que
podemos hipnotizarlos (no está muerto)

Un herrerillo (Parus caeruleus) especialmente violento fue el bautizo de uno de los chicos que venían nuevos. Tres recapturas en toda la mañana, que no está nada mal. Es decir, capturamos tres pájaros que ya estaban anillados de otras veces, en el mismo sitio además.

Al final de la mañana encontramos un triguero (Miliaria calandra), una tarabilla macho (Saxicola torquata) y un par de mosquiteros comunes (Phylloscopus collybita) Los mosquiteros son muy delicados, así que hay que anillarlos y medirlos lo más rápido que se pueda, y soltarlos cuanto antes.

Triguero (Miliaria calandra)

Tarabilla común (Saxicola torquata)

Mosquitero común (Phylloscopus collybita)

Las medidas que se toman son las del ala y la cola, el tarso (con todos los deditos cerrados desde el puño hasta el callo, no hasta el codo) y el peso. Además se anota el sexo (puede distinguirse por plumaje dimórfico [en las tarabillas y los verdecillos por ejemplo], por medidas de las plumas [en el triguero] o no ser distinguible, como es el caso de los petirrojos) y la edad (según la muda, los pollos nacidos este año aún están mudando o no mudan, sin embargo, los adultos tienen ya todas las plumas nuevecitas y brillantes)


Igual que hay distintos tamaños de pájaros, hay distintas "tallas" de anillas. Van identificadas por un modelo especial(N, AH, 2, 3, HA y muchos más) que se corresponde con un tamaño. Hay tablas que te orientan sobre el tamaño de anilla que debes poner a un pájaro, y a veces no tiene relación directa con el tamaño del mismo; por ejemplo, un herrerillo tiene un número mayor que un petirrojo, pues sus patas son fruto de una
adaptación evolutiva que les ha permitido alimentarse por debajo de las ramas, cabeza abajo.

Comparación entre las plumas de un petirrojo pollo
(Erithacus rubecula) (ala de arriba) con uno adulto (ala de abajo).

Alrededor de la una del mediodía empezamos a pensar en quitar las redes, pues a esas horas empieza a bajar la actividad de los pájaros y apenas se mueven. El calorcito empieza a sentirse ya a medio día, pero los pies siguen entumecidos. Nada que un ratito de brasero en casa no pueda remediar.


lunes, 24 de diciembre de 2007

Trabajamos hasta en Nochebuena, ¡pero no nos importa!

Tras una noche de cachondeo y trasnocheo, me desperté con los ladridos del Troilo media hora antes de lo debido. Así que, acordándome de todos sus parientes, me vestí y fui a la cocina de mi abuela en busca de algo que llevarme a la boca. Encontré un bote de cacao caducado, tres paquetes de pan de molde y un brik de leche a medias. En el último momento también encontré un paquete de cereales de Dios sabe cuándo que sabían a telarañas.

Apunté mentalmente comprar cereales para la próxima vez mientras echaba los restos de mi escaso desayuno en el comedero del perro. Cuando, una hora después, entramos en el bar de Villar del Rey donde solemos hacer el segundo desayuno mientras esperamos que caigan los rabilargos en las jaulas, agarré con ganas las madalenas y el zumo. Pomulillos y yo comentábamos la noche movida y la salida con Toni a buscar grullas. Le contamos al Pajarero todo lo que habíamos visto y también la excursión a la Serena de principios de mes. Y cómo no, también hablamos del tema estrella: Doñana.


A la vuelta, vimos cogujadas, trigueros (Miliaria calandra), bisbitas y otros aláuidos típicos de los llanos; también un alcaudón real (Lanius excubitor) que suele colgar sus presas de los pichos de las vallas, verdecillos (Serinus serinus) con su parloteo habitual, jilgueros (Carduelis carduelis) y alguna grulla despistada.



A pesar de ser la mañana de la Nochebuena, hacía muy buena temperatura, cosa que agradecimos a la hora d
e anillar y poner marcas alares. Cuando cae algún pájaro desconocido y el Pajarero nos brinda el honor a nosotras de marcarlo, podemos estar casi veinte minutos con él antes de terminarlo.


Hay que ponerle una anilla metálica y una o dos de colores, sus cor
respondientes marcas alares, recortarle un poco las plumas que las tapan, medirlo, pesarlo y algunas otras cosas más.

Pomulates Llongueras, pelando un rabúo =)

El Pajarero me mandó sola a por una jaula y encontré un estornino (Sturnus unicolor) de enciclopedia, recién mudado y con la base del pico cenicienta...y no veas como pican los condenados!


También cayeron varios petirrojos (Erithacus rubecula).
Cogimos uno para ver que era un pollo de la primavera pasada, caracterizado por las plumas picudas de la cola y restos del paladar amarillo, a parte de las típicas manchas en las rémiges terciarias y secundarias.




Los rabilargos estaban preciosos, con la muda nuevecita, nuevecita; brillaban y casi podíamos ver los reflejos ultravioletas ^^

¡Mira que guapo!

Además, la mañana estuvo tranquila, cayeron suficientes pájaros para estar entretenidos pero no demasiado pocos; normal, la mala suerte de Cancho no nos acompañaba.

Pomulates nos demostró sus dotes de domadora de rabúos y yo puse mi primera marca alar. ¡Woo!

Yo poniendo la marca alar



La domadora de rabilargos.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Valdesequera, hasta pronto

actualizado: fotos colgadas

Hoy hemos hecho la última salida al campo hasta dentro de un mes. Jo, qué mono nos va a entrar. Y después de todo lo que hemos visto hoy...
Llegué la primera (cosa rara) al punto de encuentro, pero un minuto después llegó Pomulates y el Pajarero, casi a la vez. Llevaba chispeando desde que amaneció, y temí que se hubiera suspendido la sesión. Pero como dijo luego el Pajarero citando a Napoleón, siempre nos queda la retirada y la victoria.

Poco antes de llegar me quedé frita... zzz... cosa que Pomulates y el profesor aprovecharon para llenar de pan las primeras jaulas sin despertarme. La verdad es que me vino bien la siestecita... Después de llenar las otras dos jaulas bajo una fría llovizna, nos fuimos a Villar del Rey a desayunar, a esperar que los rabilargos cayeran en las trampas. No dejamos de hablar de Doñana y de cosas curiosas y graciosas que nos habían pasado, y luego nos volvimos a Valdesequera. En el camino vimos las primeras grullas (Grus grus) cerca de la laguna de Berrinchonas.

En la primera cayeron alrededor de doce rabilargos, los cogimos entre Pomuates y yo, y también un pequeño petirrojo joven; las manchas de las rémiges le delataban.


¡Qué bonito era! Como un polvorón, o como un pompón de maquillaje.

Las manchas en las rémiges terciarias y
secundarias indican que es joven

En la segunda y la tercera había menos, pero cayeron al menos una familia de tres herrerillos (Parus caerulerus) y un carbonero (Parus major), y un montón de estorninos comepienso ya con el plumaje de invierno (Sturnus vulgaris).

Pomulillos pesando un rabilargo

Luego nos dividimos para la segunda ron
da. Pomulates y yo fuimos solas a la jaula del fondo mientras el Pajarero revisaba la de Berrinchonas. Mientras íbamos pensando en hacer autoestop para llegar, vimos revolotear desde el camino un pájaro dentro de la jaula. Descartamos tórtola turca, mirlo e incluso rabilargo, porque era enorme. Abrimos la puerta de la finca, intrigadas, y nos acercamos rápidamente. Corriendo hacia la jaula, distinguimos unas garras potentes y amarillas, unos ojos grandes, redondos y también amarillos, y un pico curvo lleno de sangre. No era una paloma. No era un mirlo.

Gavilán (Accipiter nisus)

Era un gavilán (Accipiter nisus). Y acababa de merendarse un estornino.

Corrí a avisar al Pajarero mientras Pomulates vigilaba que no se comiera más bichos, pero no le encontré, así que me volví con ella. Por suerte, no había caído ningún rabilargo en la jaula; no sé si nos habríamos atrevido a entrar en la jaula con ese peaso bicho allí... capaz de decapitarnos a nosotras también. Cuando estaba a punto de entrar en la finca, apareció el Pajarero, que había sospechado que algo pasaba cuando no habíamos vuelto al coche.

Utilizando la funda de cuero de los prismáticos, entró en la jaula y lo atrapó.

El Pajarero con el gavilán recién atrapado.


Tiene las alas redondeadas y la cola cuadrada,
típica de especies que tienen que volar en bosques,
haciendo muchos quiebros para cazar. Ornitófago.

Una vez que lo tuvo bien sujeto y tranquilo, no es muy difícil cogerlo, ni muy arriesgado. Consultamos la guía y vimos que era una hembra, probablemente joven por el color de la capa. No puedo describir lo que se siente al tenerlo entre las manos.



"Las gavilanas"

Nos lo pasamos de unos
a otros y nos lo llevamos al coche, donde el Pajarero casi se arranca de los pelos al ver que al final no había echado las anillas del resto de los pájaros, que sólo había traído de rabilargos...


Cuando Cancho y Franki se enteren de lo que se han perdido hoy...

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