martes, 6 de abril de 2010

Gatuchi

Sabía que habría un momento en el que tuviera ganas de contar esto. Pero nunca imaginé que llegaría así.

El Gordito, que hace ya un par de años que de gordo sólo le quedaba el nombre, tenía ya 19 años, e iba para los 20. Vino a nosotros un soleado día de primavera, allá en el año 91, cuando todavía vivíamos en Cáceres. Habíamos ido a pasar el día al campito que teníamos allícerca, en el Casar de Cáceres. Yo tenía apenas 3 años, y mi hermano Nekei no llegaba a 1.

De repente, mientras comíamos la rica tortilla de patatas en la mesa de camping, vi un gato en lo alto de la tapia. Recuerdo que me entusiasmé al comprobar que era la primera en verlo, y más cuando el gato bajó y estuvo haciéndonos carantoñas.

Le dimos tortilla y caricias; parecía un macho joven, del año anterior. Todo era hacerle fiesta y gracias.

El momento de tensión llegó cuando el gato, aún innominado, se levantó sobre sus patas traseras y se asomó al carrito de mi hermano a curiosear. Nekei, como buen bebé que echa mano de todo lo que se le pone al alcance, agarró su oreja con fuerza y cara de alegría. Todos contuvimos la respiración (bueno, yo no, no sabía las implicaciones que podía tener aquel gesto) y esperamos el inminente zarpazo.

El gato no se movió. Se convirtió en piedra aquellos interminables segundos que mi hermano estuvo tirando de su oreja. Ni siquiera hizo un gesto de apartarse.


Cuando Nekei lo soltó, y todos volvieron a respirar, decidieron que era el gato más bueno del mundo. Y que si no era de nadie, nos lo quedábamos.

Mis padres estuvieron preguntando por la urbanización y los alrededores, pero no encontraron al dueño. Así que cuando abrieron las puertas del coche, y el gato saltó dentro, la decisión era irrevocable.

Lo bauticé como Gatuchi, alias El Gordo (bueno, el alias vino cuando lo castramos...)

Desde entonces, siempre me ha acompañado a todas las ciudades en las que he vivido, que han sido unas cuantas.

Ha estado conmigo todas las noches, hasta el punto que me resultaba difícil conciliar el sueño si no lo tenía en la cama. Me costó mucho acostumbrarme a dormir sola cuando empezó a estar enfermo, y tenía que dormir en el lavadero.


Me buscaba cuando estaba enferma y se acurrucaba junto a mí, me recibía al llegar a casa con el inconfundible gesto de bienvenida que es el rabo tieso y la puntita doblada hacia delante, soportaba con paciencia cuando jugábamos con él, lo perseguíamos o lo enterrábamos en coches...

Le gustaba subirse a todas las barandillas; en Cáceres se cayó de un cuarto piso y se fracturó el fémur (la segunda vez que se cayó); desde entonces ha tenido un clavo de titanio en la pata; en el piso de Granada no llegó a caerse, pero siempre lo temimos (no es lo mismo un cuarto en un barrio tranquilo que un séptimo en el centro); en Armilla volvió a caerse de otra barandilla, esta vez desde la escalera de la casa. Parece que aprendió, porque en el resto de casas no volvió a subirse a barandillas...

Le encantaba salir, escaparse de casa, y luego teníamos que ir a buscarlo al maizal que había frente a mi casa en Armilla. Cuando nos mudamos al campo, yo tenía miedo de que se fuera para siempre, pero los gatos son listos y saben dónde está su hogar.

Disfrutaba paseándose por el río, entre las avenas locas, en el huerto, en los jardines;


tomar el sol en las aceras o en los bancos, junto a los demás; dormir en los lugares más inverosímiles y aparemente incómodos (porque ya lo dice la primera ley de Hobson, un gato será capaz de encontrar el lugar más confortable en una habitación elegida al azar)y dormir con las personas...






Entre tantas mudanzas, cambios de colegio, de ciudad, de ambientes, siempre me había preguntado si todo lo anterior no había sido un sueño.

Él siempre había estado allí, era inmutable; mis padres cambiaban, yo cambiaba, mi entorno cambiaba, pero él no. Siempre ha sido la única línea constante en el horizonte, el único hilo que aún me ponía en contacto con mi pasado mutante, hasta que mi presente se hizo pasado y mi pasado se hizo recuerdo.

Y ahora, se ha ido.

Aun no puedo comprender qué me hizo volver de Granada un día antes, a pesar de que tenía planes para el sábado por la mañana, una inmersión, o quizás una sesión de jiu-jitsu con mis amigos. Pero me quitaron el examen del viernes y además mi madre estaba dispuesta a bajar a Sevilla a recogerme, así que me subí antes, aunque no sabía nada del estado del Gordito. Y él me esperó hasta que volví, y me pude despedir de él. Ronroneó al verme y quiso levantarse, pero las fuerzas le fallaron.

No puedo evitar sentirme vacía. Se ha ido.

Y esta vez no va a volver.

7 comentarios:

  1. Qué pena! Siento mucho que hayas (que hayáis) perdido a gatuchi, compartir tantos recuerdos con un animal lo convierte sin duda en alguien más de la familia. Hoy me he encontrado con otra ausencia parecida, que enseguida me ha recordado a tu entrañable historia....
    http://enelinstantepreciso.blogspot.com/2010/04/ausencias.html

    ....estoy seguro que preferirías pensar que aún sigue ronroneando, aunque fuese por tejados ajenos.
    Un abrazo!

    Pd.: Ya ha visto al Capitán navegando por los mares de Cugas!

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    1. Gracias, Atanasio. Aún hoy seguimos echándole en falta. Era un gato muy especial, con una personalidad muy fuerte, irrepetible. Y había sido mi punto de apoyo, mi tablón, para saber dónde estaba el horizonte...

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  2. Te lei el otro día de arriba a abajo. Cómo se hacen querer estos animales.

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  3. Siento mucho lo de tu gato. Sólo puedo decir que era un gran gato. Un gato inmenso, también se podría decir. Y muy mansito por las apariencias. A mí se me "escapó" mi gato Newton (también un bicho inmenso) y no he vuelto a verle desde hace un año. Tampoco llama el muy capullo.

    Por cierto, me voy a Granada de Sicue el año que viene (si ZP no les baja más el sueldo a mis padres, claro), así que en Junta de Facultad no creo que nos veamos xD. Cuando he leído tu comentario pensé que eras María Barambones, que había salido de entre las brumas de su nuevo partido.

    un beso

    V P

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  4. Larga vida en la eternidad a gatuchi... Te mando un abrazo Marta n.n y a tu gordo donde sea que este

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    1. Gracias, Yez. Seguro que está en el cielo gatuno. Abrazos

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