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viernes, 17 de abril de 2015

10 semanas y media - Diario de una histaminósica perdía



Nadie sabe lo que me pasa. Tengo a todo el equipo médico investigando y estudiando. Me hacen pruebas, análisis, buscan virus, enfermedades inflamatorias, infecciosas, pero mis análisis están mejor que los de Rafa Nadal. Según las pruebas, estoy sanísima. Excepto que mi temperatura ronda los 37.3 casi todo el tiempo y que sólo con levantarme para ir al baño me canso como si hubiera hecho una maratón por Funchal.

Tras nueve semanas y media con esta fiebre inexplicable, un dolor constante  en el costado izquierdo y punzante pero relacionado con la diarrea en el derecho; además de eso, tengo malestar general todo el día. Y estoy agotada. Empecé en febrero y apenas habré tenido cinco o seis días sueltos en los que mi temperatura ha bajado a 36. Teniendo en cuenta que mi temperatura basal es de 35,5ºC, cuando voy llegando a 36,8 ya me noto con febrícula, y los días que sube de 37,5 para mí ya es fiebre en toda regla. 

Me he vuelto definitivamente de Madeira porque mi contrato había acabado y allí los portugueses además sí que estaban perdidos y faltos de medios. Lo único que hicieron durante dos semanas era hacerme radiografías y mandarme diferentes antibióticos que sólo empeoraban mi diarrea. 

Aquí han encontrado que mi hígado tiene un tamaño que es el doble de lo normal (el año pasado no era así), pero sin signos de adenopatías o cirrosis. Me llega hasta el costado izquierdo. ¿Me causa ese dolor en el costado? Puede ser... o no. Pero la función hepática está conservada (transaminasas y demás enzimas hepáticas en valores normales, sólo están un pelín altas la amilasa pancreática y la bilirrubina indirecta, a expensas de la directa). Además de eso, se ha visto en una entero-RMN y una prueba de tránsito con contraste bárico,  una estenosis ileal que mide 4 cm, es decir, reducción del calibre de una zona en el intestino delgado. Me han hecho un montón de análisis de enfermedades raras, metabólicas, micosis, parasitosis, víricas e infecciosas, pero todo da negativo.

Esta es la resonancia en la que se aprecia cómo mi
hígado abraza al bazo por detrás.
Llevo 12 días ingresada en el hospital. Todos los días pasa mi médico internista, que dicen que es el mejor, a pesar de que es muy serio, además de tener visitas de una neuróloga, una de digestivo y un cirujano. Todos coinciden en que es muy raro, en que los hallazgos no parecen tener relación entre sí (aunque por lo que yo sé bien podrían estar relacionados) y en que esté tranquila porque los análisis todos dan valores normales. Que no parece que tenga nada. Pero a mí eso me inquieta más todavía. Siempre me han dicho que no tengo nada, y me mandan a casa con viento fresco. Me aterroriza que me vuelvan a abandonar y a dejarme en la estacada.

En la cocina se han portado muy bien, he comido durante los doce días sin ningún problema, excepto que una vez se equivocaron y me pusieron un pan que me contaminó la tortilla. 

Solomillo de cerdo a la plancha, muy jugoso y blandito, y revuelto de champiñones con huevo y jamón serrano. El jamón me lo compraron para mí porque de normal no lo tienen y el de york no podía porque tenía fécula. De postre, queso fresco.


Revuelto de judías verdes con ajo y jamón serrano, y filete de merluza encebollado. De postre, piña en su jugo.

Mero a la plancha con guisantes y gambas, y ensalada de pepino. Nunca había comido mero hasta que me ingresaron. Creo que es el pescado más rico que he comido en mi vida. De postre, queso fresco.
Revuelto de espárragos trigueros con cebolla, huevo y jamón serrano, y pechuga de pollo a la plancha con limón. De postre, una naranja.
Espinacas revueltas con ajo y tortilla de atún (ya me la estaba terminando). De postre, piña en su jugo.




Esta es una pequeña muestra de lo que he comido: cuando se quiere se puede. Incluso compraron pasta sin gluten de arroz.

Y los días se hacía interminables... me despertaba con dolor de cabeza que permanecía todo el día, me cansaba sólo de levantarme para el servicio... había días que ni me cambiaban las sábanas, ya que me pasaba el día durmiendo al principio y no querían molestarme. 
Pasillo arriba y pasillo abajo, como los reclusos a los que les sacan de paseo una vez a la semana.

A base de calmantes me quitaron lo fuerte de la migraña que les llevó a ingresarme. Pasaron los días y parecía que la febrícula iba cesando, pero el dolor de cabeza, las diarreas y el malestar general permanecían. Decidieron hacerme una prueba de tránsito intestinal, que ha confirmado la reducción de la luz del intestino, tras mucho pensárselo.


Ahora creen que lo mejor es hacerme una prueba que sólo se hace en Sevilla o aquí pero por la Seguridad Social, hay que hacer papeles, esperar evaluaciones y autorizaciones... esto se está convirtiendo en la historia interminable. 


ACTUALIZACIÓN 18/4/15: Ayer por la noche vino el médico para decirme que si me apetecía (kljsdhkjgadkj...) podía irme a casa ya que la prueba de la cápsula endoscópica no se hacía en el hospital. Si me apetecía... tiene huevos. ¡Ni que hubiera pedido que me ingresaran! Y con lo que echaba de menos a mis gatitos... 

Así que hoy sábado ya estoy en casita.

lunes, 10 de marzo de 2014

Calma tensa

No suelo compartir cosas extremadamente personales aquí, pero hoy lo necesito. Así que recuerdo a los presentes que internet es absolutamente libre, y el lector también, y puede dejar de leer cuando quiera. 

 

Recuerden, que este es mi blog y me lo ***** cuando quiera.



Sólo pensar en hacerlo me hace sentir los brazos pesados, los párpados inflamados, la garganta seca. Pero quiero gritar, salir chillando. Necesito explotar, aunque luego tenga que ir a buscar mis pedazos.

Parece como si me encontrara embadurnada en masa de mandioca en medio de un recipiente, rodeada de esa pegajosa y espesa sustancia. Y que cuando por fin, tras muchos esfuerzos, consigo dejar de hundirme, saco un brazo, saco una pierna y domino las circunstancias... en ese momento, alguien hubiera preparado más masa, y la echara por encima de mí, cubriéndome por completo. Me ahogo. No entiendo por qué pasan las cosas. Qué papel juego yo en todo esto. Me asfixio. 

No sé qué puedo hacer. Los días pasan, pero no pasa nada. Y pasa todo, porque nada cambia. Y como nada cambia, parece que no puedo hacer nada. La calma tensa, la alerta permanente. Dormir con un ojo abierto, el oído atento. Los juegos de espías. El enigma constante. 

Dicen que no te ocurren nunca cosas que no puedes soportar. Los límites humanos son increíbles, dicen. Pero la realidad es que a veces las personas se rompen, se pierden. Tengo miedo de que me pueda ocurrir eso a mí. Imagino que cuando se empieza a agrietar uno por dentro, todo cae en cascada. Me aterra que eso pueda pasarle a alguien. No quiero ser una ruina que se cae a pedazos. No quiero ser el tronco arrastrado por la corriente. Llevo muchos años luchando, muchos kilómetros robados a la muerte como para caer ahora.



Miro a mi alrededor. Sólo figuras borrosas. Algunas un poco más nítidas. Se acercan, pero enseguida se vuelven a alejar. Extiendo los brazos, busco donde apoyarme, pero mis dedos se cierran en el vacío nebuloso. A veces tropiezan con algo. ¿Un asidero seguro? Siempre es temporal. Se transforma. Se resbala. Desaparece. No sé siquiera si estuvo ahí.

No sé qué busco. Todo transcurre tan rápido que los movimientos emborronan la acción; y sin embargo, todo parece congelado en cada instante.

Mi abuela decía que era bruja. Quizás tenía algo de razón. No sabía lo que había escrito hasta que ha encajado con la realidad:
[...] Un ardid del destino,
ahogarnos en las grises aguas
antes de llegar a la mar.
Heris, terrible, cruel madre del caos,
¡arrójanos a tus nubladas llamas
para no ver el profundo, negro abismo
que mañana nos ha de absorber!
¡Un trueno malherido
desgarra mi aliento
y mata mi entraña…
en la fresca mañana
cuando la duda eterna del no ser
y un futuro terror
empañan mis ojos.[...seguir leyendo]


Me hundo en mi puré de mandioca. Si abro la boca para pedir auxilio, o tan sólo para respirar, se me llena de masa y me asfixia. No puedo respirar. 

Quiero salir.


sábado, 22 de junio de 2013

El último canto de las aves migradoras. National Geographic.

Aterrador testimonio sobre la problemática de la conservación en un mundo en conflicto, particularmente sobre las pequeñas aves migradoras. Lectura obligatoria.


In a bird market in the Mediterranean tourist town of Marsa Matruh, Egypt, I was inspecting cages crowded with wild turtledoves and quail when one of the birdsellers saw the disapproval in my face and called out sarcastically, in Arabic: “You Americans feel bad about the birds, but you don’t feel bad about dropping bombs on someone’s homeland.”
I could have answered... (leer más)

martes, 17 de julio de 2012

Erizos huerfanitos



El martes por la tarde nos encontramos estas cuatro preciosidades. No teníamos ni idea de qué hacía de día por ahí, sin su mamá, y pensamos que ya debería esta destetados. Salieron del montón de leña, donde debían de haber sido criados. Les dimos agua porque hacía mucho calor, pero no nos atrevimos a darles pienso; por una parte, nos parecían muy pequeños, y por otra, pensábamos que no había que intervenir demasiado: a lo mejor su madre volvía por la noche.

Pero han pasado los días, hemos seguido dándoles agua, y ni se dispersaban, ni aparecía madre ni nada. No se movían del lado del montón, y estaban despiertos de día (aunque son nocturnos). Debían de estar muy solitos, porque cuando te escuchaban andar por la hojarasca se venían detrás de ti. Los veíamos acurrucarse cerca de la leña, donde debían de tener el nido, y cuando les empezaba a dar el sol se cambiaban a la sombra. Daban pequeños grititos si se chocaban con tu pie, o si te oían marcharte. 

Y ayer por la tarde, cuando fui a enseñárselos a Mugen, había tres dormidos. Dormidos para siempre. Alguno de ellos debían de acabar de morir, porque aún estaba blandito. Otro se había muerto durmiendo, acurrucadito. Y el tercero estaba donde lo había visto durmiendo la siesta esa tarde. El cuarto, el más pequeñito, salía de la sombra y se acercaba a sus tres hermanos tiesitos, se acurrucó y les chilló un poquito. Pero a ver que no se movían, cogió el caminito y se fue para otra parte. 

Caímos en la cuenta de que lo mismo eran demasiado pequeños, que llevaban mucho tiempo sin aparecer madre eriza,y a lo mejor no sabían comer. Demasiado tarde, se me ocurrió buscar información en internet. Claro, como siempre decimos que la Naturaleza es sabia, que no hay que intervenir, que tienen que aprender solitos... pero si han atropellado a su madre, ya no es asunto de la Naturaleza. Está causado por humanos, así que es responsabilidad de humanos...

En La web de los erizos encontré los intervalos de peso que podían darme una pista de la edad que tenía el erizo que quedaba, y por tanto, cómo debería cuidarlo para que no muriera como sus hermanos.

Cuando lo puse sobre la báscula, en un cubito para que no se moviera, casi se me para el corazón.

55g.

El peso mínimo de las dos semanas. Teniendo en cuenta que debía de llevar casi una semana sin comer, podía llegar a tener tres semanas, pero estaba muy desnutrido.

Y eso significaba que aún no estaba destetado. Que su madre no haba vuelto por allí, y que muy probablemente estaba muerta.

Era domingo. Según la web de los erizos, y el correo de la Presidenta de la Asociación Protectora de Erizos, a la que escribí pidiéndole ayuda, la leche que mejor sirve para sustituir la leche de eriza es la de cabra. Recordé que en el Carrefur había leche de cabra, pero estaban todas las tiendas cerradas. Y luego, lo que parecía una idea peregrina, se convirtió en la única opción. El niño con el que me iba al instituto, hace ya más de 10 años, tenía cabras. Lo sé porque su padre todas las mañanas, a las 8, cuando me recogía, siempre llevaba varios  quesos de cabra para venderlos, de sus propias cabras. Llamé al centro de recuperación de Los Hornos y me dijeron que hasta el día siguiente no podrían venir a por él. No iba a aguantar. No, a menos que yo intentara hacer algo.

Rezando para que aquél hombre hubiera seguido criando cabras, me acerqué a todo correr (que es mucho, pensando que a mediodía, al sol extremeño, hace una temperatura respetable). Me encontré a mi antiguo compañero de viajes. Me dijo que hasta las 7 de la tarde no ordeñaban las cabras, y que hasta esa hora no tendría leche.

Preocupada volvía casa. Para las 5 y media o 6 de la tarde, el erizo se había desmayado. Decidimos darle agua con una jeringa, obligándole a tragar con un palito. Algo entraría, porque la tripita empezó a hincharse. Me fijé en el pellejito de su pancita, y la deshidratación que tenía era muy grave, el pellizco se quedaba completamente hacia arriba y no se retraía. La piel del hociquito estaba cuarteada, y también la de las patitas. Respiraba muy flojito, así que le pusimos de lado, con la cabeza un poco más alta, y cuidamos de que la lengua no le taponara la glotis (como me dijo hace unos días Jorge el veterinario con mi gato Pirri). Estaba rebosando de pulgas, garrapatas y ácaros, así que para manipularlo nos embadurnamos de aután, y Mugen se dedicó a desparasitarlo con una pinza. Aunque las pulgas del erizo son específicas (Archaeopsylla erinacei), también nos picaban a nosotros.

Dieron las siete, y me fui desesperada a por la leche. Era evidente que no tenía mucha energía, y que no iba a despertar si no conseguía algo de alimento. Recé para que tuviera suficientes fuerzas para hacer una digestión mientras esperaba entre los cabritillos, que me mordisqueaban el vaquero, a que la madre de mi vecino me llenara un botecito de leche.

Llegué a casa con un cuarto de litro de leche de cabra recién ordeñada, hice rápidamente la disolución de dos partes de leche y una parte de agua, y se la dimos poquito a poco. Le hice un masajito vertical en la tripa, para estimularle la defecación; hacia las ocho y media de repente tuvo un espasmo, se hizo una bolita, dio un gritito y se orinó en mi mano. Pero después de eso empezó a reaccionar. La lengua ya no le caía fláccida, sino que se quedaba en su sitio, y tragaba mejor. Cuando cayó la noche ya nos seguía con la mirada y movía un poco las patitas. Le dí más leche a las once, y fui alternando leche con agua, para intentar rehidratarlo, y luego me esperé a las dos de la mañana para otra toma, ya que la web de los erizos decía que a esa edad hay que darles leche cada 3-4 horas. Como hacía frío al raso, y cuando se está desnutrido y se ha estado desmayado es difícil conservar el calor, lo metí en casa, en un cubo, con una bolsa de agua caliente que comprobaba cada hora, y lo tapé con una tela de chándal.

A las 7 de la mañana había trepado solito a lo alto de la bolsa y estaba muy espabilado. Le dí una toma más y me volví a acostar. Sin embargo, a las 10, cuando fui a verlo, había vuelto a desmayarse. No pude darle más leche, y aún no me había llamado el del centro de recuperación para decirme a qué hora venía. Lo saqué a fuera, e intenté animarlo como a la víspera, pero cada vez respiraba menos. Para colmo, el hombre del centro de recuperación se había perdido por la urbanización.

Cuando por fin se lo llevaron, me sentía fatal. Le había redactado un informe al veterinario para que supiera qué había comido y qué había pasado. Ya no sabía qué le ocurría, ni qué podía hacer para que sobreviviera. Y me sentía culpable de no haber intentado averiguar antes su edad, ni si podía haberles ayudado antes si los hubiera pesado cuando nos los encontramos.

miércoles, 6 de junio de 2012

Muere mi padre literario, Ray Bradbury, a los 91 años y trentaitantos libros.

Nos hemos quedado huérfanos. Aquí y aquí. Mi padre literario, el que me enseño a viajar entre las letras y los marcianos, quien me arrulló con sus acertadas metáforas, quien despertó en mí mi propio demonio creador particular... nos deja huérfanos. Quien me presentó a nuestros hermanos de ojos amarillos y piel morena, allá en Marte, y me permitió viajar de vez en cuando a visitarles. Quien me mostró la belleza de lo sencillo, de lo cotidiano y de lo perdido. Quien me hizo comprender el horror del "no hacer es morir" y la posibilidad de reinventarse cada día. 

Quien me enseñó otra palabra para escribir: amor.

Siempre te llevaré en mi mente. Yo, y todos mis hermanos literarios.

Nos vemos en Marte.


Aquí, su última publicación, el día 4 de junio (antesdeayer) en The Newyorker.


CUANDO MUERO YO, MUERE EL MUNDO. (R. Bradbury, 1920-2012)


Pobre mundo que ignora su destino, el día de mi muerte.
Dos mil millones mueren cuando mi muerte llega.
Me llevo a la tumba un continente entero.
Son valerosos, inocentes e ignoran
que si me hundo ellos me siguen al instante.
Así, en la hora de la muerte hay un clamor de Buenos Tiempos
mientras, loco egoísta, yo agito la campana del Mal Año.
 

Allende mi tierra hay tierras vastas y brillantes,
pero mi mano firme les apaga la luz de un solo gesto.
Anulo a Alaska, degüello a Gran Bretaña,
pongo en duda al monarca Sol de Francia,
con un guiño promuevo la locura de la vieja Madre Rusia,
arrojo a China de un acantilado de mármol,
derribo a Australia y le planto una lápida,
aparto a Japón de un puntapié. ¿Y Grecia? Eliminada.
La haré volar y desplomarse, como a la verde Irlanda,
convertida en sudoroso sueño mío. Desesperaré a España,
fusilaré a los hijos de Goya y daré tormento a los de Suecia,
abatiré flores y granjas y ciudades con rifles de crepúsculo.
Cuando mi corazón se para, el gran Ra se hunde en el sueño;
sepulto las estrellas en el Abismo Cósmico.
Por eso escucha, mundo, ya te he avisado. Y teme.
El día que me asquee, tu sangre estará muerta.

Si te comportas, yo, magnánimo, te dejaré vivir. Pero desvíate y me cobraré.
Es la última palabra. Se arrían las banderas.
¿Y si me bajan de un disparo? Mundo: te acabas tú también.

lunes, 4 de junio de 2012

El Trololó

Hoy ha muerto el Trololó. Hoy es un día triste.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Dos meses desde que Mario se fue

Recordemos a Mario Morcillo de la isla de los Delfines, su fortaleza y su entusiasmo.

Aún no soy capaz de creérmelo, y ya hace dos meses...

martes, 6 de marzo de 2012

¡Entrada número 200!

Esta es la entrada número 200. Pensaba celebrarlo con la que tengo preparada desde hace tiempo de la excursión de estas Navidades a Hervás, pero esta noche me he tomado con un vidiecito que me ha tocado el alma. Sobre todo los albatritos moribundos, ahítos de comer tapones y trozos de plástico, que es lo que encuentran sus padres para cebarlos. Pensároslo mucho antes de tirar un plástico fuera de sitio, y sobre todo si es en la playa. 

Se producen anualmente 100 millones de toneladas de plástico, y cerca del 10% de este total acaban en los océanos.
En el Pacífico se ha formado una gigantesca isla de plástico, que es considerada el mayor basurero del mundo, con cerca de 100 km de extensión y 10 metros de profundidad. Las consecuencias de este basurero flotante son devastadoras para la diversidad marina. Un reportaje chocante realizado en una colonia de albatros.

São produzidos anualmente 100 milhões de toneladas de plástico e cerca de 10% deste total acabam nos oceanos.
No oceano Pacífico formou-se uma gigantesca ilha de plástico, que já é considerada a maior lixeira do mundo, com cerca de 1000 km de extensão e 10 metros de profundidade. As consequências desta lixeira flutuante são devastadoras para a biodiversidade marinha.
Um filme chocante realizado numa colónia de albatrozes!

jueves, 5 de enero de 2012

Homenaje a Mario Morcillo, de la Isla de los Delfines.

Esta no es el post que yo tenía pensado para hoy, que he vuelto de las vacaciones. Quería contaros mi excursión a Garganta de los Infiernos y los Castaños del Temblar, pero al llegar después de tres días sin internet de la casa rural, me he encontrado con esta noticia que alguien ha compartido en el feisbuk. 

Un vecino de Torres de Albanchez fallece en un accidente en Panamá

Mario Morcillo Moreno, de 41 años de edad y empresario de Torres de Albanchez, falleció, el martes, en un accidente de tráfico, en Panamá, después de que el autobús en el que viajaba chocara contra un camión, en la frontera con Costa Rica (leer noticia).

 Yo conocía a Mario. Le conocí el año pasado en un curso de La Isla de los Delfines, sobre anestesia y manejo de animales salvajes y rastreo de huellas. Recuerdo que había salido del examen de zoogeografía, me lié la manta a la cabeza y al día siguiente estaba encaramada en Torres de Albanchez. Recuerdo que no conseguía encontrar una combinación de autobuses que me llevara para allá, y que le llamé y se ofreció a recogerme en un pueblo cercano al que sí llegaban los autobuses desde Granada. 

Aquellos días compartimos vivencias, bromas, y muchas ideas interesantes. Era una persona con mucha energía, siempre inventando cosas nuevas. Una persona que me marcó mucho, tanto por su personalidad como por todo lo que hacía. Una persona como pocas, que quería cambiar el mundo, quería demostrar que había otras maneras de hacer las cosas, y además lo estaba consiguiendo.



Esperemos que su legado siga creciendo con el mismo espíritu de cambio que él le imprimió.


viernes, 4 de noviembre de 2011

Dulce gatito

Y el gatito ya hacia su nueva vida con sus nuevos dueños. Jo, con lo lindo que era. Parecía una bola de piel...




Dulce gatito
parece una bola de piel
el bonito gatito
duerme gatito
bien bien bien...

 También me recuerda al cuento de Ray Bradbury que da título al último libro que publicó, "El signo del gato", el cual me leí precisamente hace dos días, que habla de un gatito en medio de una carretera por la noche, junto al que se paran un chico y una chica; como ambos quieren quedárselo y no convencen al otro, deciden irse a un hotel para poner al gato en medio de la cama y que éste decidiera el dueño. A la mañana siguiente, el gato no se había movido, pero la chica sí...

Espero que se lo pase bien en su nueva casa, y que lo quieran mucho mucho. ¡No a todo el mundo le dan una segunda oportunidad!

martes, 6 de abril de 2010

Gatuchi

Sabía que habría un momento en el que tuviera ganas de contar esto. Pero nunca imaginé que llegaría así.

El Gordito, que hace ya un par de años que de gordo sólo le quedaba el nombre, tenía ya 19 años, e iba para los 20. Vino a nosotros un soleado día de primavera, allá en el año 91, cuando todavía vivíamos en Cáceres. Habíamos ido a pasar el día al campito que teníamos allícerca, en el Casar de Cáceres. Yo tenía apenas 3 años, y mi hermano Nekei no llegaba a 1.

De repente, mientras comíamos la rica tortilla de patatas en la mesa de camping, vi un gato en lo alto de la tapia. Recuerdo que me entusiasmé al comprobar que era la primera en verlo, y más cuando el gato bajó y estuvo haciéndonos carantoñas.

Le dimos tortilla y caricias; parecía un macho joven, del año anterior. Todo era hacerle fiesta y gracias.

El momento de tensión llegó cuando el gato, aún innominado, se levantó sobre sus patas traseras y se asomó al carrito de mi hermano a curiosear. Nekei, como buen bebé que echa mano de todo lo que se le pone al alcance, agarró su oreja con fuerza y cara de alegría. Todos contuvimos la respiración (bueno, yo no, no sabía las implicaciones que podía tener aquel gesto) y esperamos el inminente zarpazo.

El gato no se movió. Se convirtió en piedra aquellos interminables segundos que mi hermano estuvo tirando de su oreja. Ni siquiera hizo un gesto de apartarse.


Cuando Nekei lo soltó, y todos volvieron a respirar, decidieron que era el gato más bueno del mundo. Y que si no era de nadie, nos lo quedábamos.

Mis padres estuvieron preguntando por la urbanización y los alrededores, pero no encontraron al dueño. Así que cuando abrieron las puertas del coche, y el gato saltó dentro, la decisión era irrevocable.

Lo bauticé como Gatuchi, alias El Gordo (bueno, el alias vino cuando lo castramos...)

Desde entonces, siempre me ha acompañado a todas las ciudades en las que he vivido, que han sido unas cuantas.

Ha estado conmigo todas las noches, hasta el punto que me resultaba difícil conciliar el sueño si no lo tenía en la cama. Me costó mucho acostumbrarme a dormir sola cuando empezó a estar enfermo, y tenía que dormir en el lavadero.


Me buscaba cuando estaba enferma y se acurrucaba junto a mí, me recibía al llegar a casa con el inconfundible gesto de bienvenida que es el rabo tieso y la puntita doblada hacia delante, soportaba con paciencia cuando jugábamos con él, lo perseguíamos o lo enterrábamos en coches...

Le gustaba subirse a todas las barandillas; en Cáceres se cayó de un cuarto piso y se fracturó el fémur (la segunda vez que se cayó); desde entonces ha tenido un clavo de titanio en la pata; en el piso de Granada no llegó a caerse, pero siempre lo temimos (no es lo mismo un cuarto en un barrio tranquilo que un séptimo en el centro); en Armilla volvió a caerse de otra barandilla, esta vez desde la escalera de la casa. Parece que aprendió, porque en el resto de casas no volvió a subirse a barandillas...

Le encantaba salir, escaparse de casa, y luego teníamos que ir a buscarlo al maizal que había frente a mi casa en Armilla. Cuando nos mudamos al campo, yo tenía miedo de que se fuera para siempre, pero los gatos son listos y saben dónde está su hogar.

Disfrutaba paseándose por el río, entre las avenas locas, en el huerto, en los jardines;


tomar el sol en las aceras o en los bancos, junto a los demás; dormir en los lugares más inverosímiles y aparemente incómodos (porque ya lo dice la primera ley de Hobson, un gato será capaz de encontrar el lugar más confortable en una habitación elegida al azar)y dormir con las personas...






Entre tantas mudanzas, cambios de colegio, de ciudad, de ambientes, siempre me había preguntado si todo lo anterior no había sido un sueño.

Él siempre había estado allí, era inmutable; mis padres cambiaban, yo cambiaba, mi entorno cambiaba, pero él no. Siempre ha sido la única línea constante en el horizonte, el único hilo que aún me ponía en contacto con mi pasado mutante, hasta que mi presente se hizo pasado y mi pasado se hizo recuerdo.

Y ahora, se ha ido.

Aun no puedo comprender qué me hizo volver de Granada un día antes, a pesar de que tenía planes para el sábado por la mañana, una inmersión, o quizás una sesión de jiu-jitsu con mis amigos. Pero me quitaron el examen del viernes y además mi madre estaba dispuesta a bajar a Sevilla a recogerme, así que me subí antes, aunque no sabía nada del estado del Gordito. Y él me esperó hasta que volví, y me pude despedir de él. Ronroneó al verme y quiso levantarse, pero las fuerzas le fallaron.

No puedo evitar sentirme vacía. Se ha ido.

Y esta vez no va a volver.

sábado, 6 de febrero de 2010

El Gordito


-Hazte a la idea -me dijo mi padre anoche cuando me recogió en la estación de tren de Sevilla- de que al Gordito le queda poco. Lleva toda la semana con ataques; ya ni puede andar, ni quiere comer. 
-¿Por qué no me lo habéis dicho? -yo estaba más triste que enfadada. 
-Estabas de éxamanes...

Cuando llegué a mi casa, lo primero que hice fue entrar en el lavadero a verlo. Estaba echado en su camita, tapadito con una tela que reocnocí como un torzo de una bata que había sido mía, desmadejado como un muñeco viejo que alguien hubiera perdido. Estaba en los huesos, mucho más delgado que la última vez que lo había visto, en Navidades; había perdido todo lo que había recuperado desde el verano, después de que le diagnosticaran una afección de los riñones irrecuperable. Desde entonces ha estado con medicación diaria y dieta especial, con lo que recuperó algo de peso y la frecuencia de los ataques y desmayos bajó bastante. La veterinaria, cada vez que íbaos a por una caja nueva de Ipakitine, se sorprendía de que aún estuviera vivo; los niveles de creatinina de los análisis eran como para que le quedara una semana de vida.

Pero esta semana había empeorado de gople. Dicen que los animales presienten cuando les va a llegar el momento, y recordé a la Olivita antes de su operación. Estuve acariciándolo mientrase se agitaba y maullaba débilmente, quizás ya agonizando. 

Toda la noche estuve soñando con gatos. Con mis gatos. 

A la mañana siguiente, mi madre vino a despertarme. 

-El Gordito... -en ese momento supe lo que seguía, pero aun así esperé a que terminara de hablar- parece que ha esperado a que vinieras para morirse. Esta mañana me lo he encontrado, y ya estaba frío. 
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