Llegamos a Granada de madrugada, ya que viajamos de noche porque el coche de Mugen no tiene aire acondicionado (:S). Nos quedamos en un camping de la sierra, en Fuente del Lobo, con bungalows de madera, y chill-out y cosas de esas, porque sería un suicidio haberse quedado en la capital, o haberse metido en los embotellamientos playeros.
Cenamos en el restaurante del camping, asumiendo los riesgos que podría tener aquello para mí...
| Brocheta de pollo a la brasa con chalotas. No podía correr riesgos. |
| La pizza carbonara de Mugen, para tener fuerzas al día siguiente... |
Al día siguiente, como no teníamos nada que hacer hasta las 16:30 que salía el bus para las Trincheras de Posiciones, pues nos dedicamos a ver la sierra, subiendo despacico y haciendo fotos en todos los miradores.
La ruta planeada era esta:
El autobús salía desde el albergue universitario, en la Hoya de la Mora, y nos subía hasta las trincheras de Posiciones, que son de la guerra civil. Nos explicó JuanDi que desde allí bombardeaban hasta la costa.
Desde allí, al pie del Veleta, teníamos que atravesar tres laderas hasta llegar a la La Caldera, donde hay un refugio, al pie del Mulhacén. Parece sencillo, y JuanDi, el que había organizado la excursión, nos había dicho que en 4 horas, llaneando, se llegaba bien, con tiempo para parar, hacer fotos... y yo me lo creí.
| Mugen y yo al pie del Veleta, en Posiciones. |
Pero a la primera de cambio, perdimos al grupo principal, que parecían participantes del triatlón, y nos quedamos Pabletas, Mugen, dos chicos y yo, que íbamos a nuestro ritmo, parando y haciendo fotos. Los demás no se pararon más de dos veces, y siempre los veíamos a lo lejos, si los veíamos. Ellos llegaron en 2 horas.
| Camino de ida. Pico del Mulhacén, 3492 m. Vista desde Río Seco. |
| Dos machos de Carpa pyrenaica, haciendo un paralelo ladera abajo. |
Y el camino seguía. Tras bajar la ladera sur del Veleta, encontramos numerosas cascadas y unos paisajes salvajes y abruptos, con una belleza que te encogía por dentro. La vastedad de aquello te hacía sentirte pequeño, pero grande a la vez, porque tenías que recorrer aquello sólo con la ayuda de tus pies (bueno, y con la de Mugen en mi caso...).
| Aún queda mucho tras el paso de Río Seco, pero ya se ve el Mulhacén. |
Cuando llegamos al punto de la bifurcación, vimos que nos quedaba media hora o así de luz. Los demás ya estarían montando sus tiendas y descansando. Así que decidimos sacar fuerzas de flaqueza y emprendimos la empinada marcha por el camino vertical y difícil, pero corto.
Cuando llegamos arriba, empezaba a hacer frío de verdad. Claro que las vistas del Mulhacén eran impresionantes a la luz del atardecer.
| Refugio de la Caldera, al pie del Mulhacén. |
Nos había costado bastante llegar arriba de la ladera, pero al asomarnos, nos dimos cuenta que al menos nos quedaba una hora de bajada, por un camino de cabras que en algunos momentos podía ser bien peligroso. Las piedras afiladas y sueltas, el camino estrecho, la oscuridad creciente, el aire frío y cortante, lo empinado de la ladera... hicieron que la bajada fuera un pelín incómoda, más cerca de la escalada que del senderismo. Abajo, en la laguna, ya se veían varias tiendas montadas, pero dado el elevado número de excursionistas que habíamos visto durante la tarde, no sabíamos cuál grupo de tiendas era el de nuestro grupo de "triatlón".
Al fin conseguimos bajar, cuando ya empezaba a agotarse la luz. Por mucho que llamáramos a nuestros compañeros, el viento en contra hacía que no nos oyeran, y por los prismáticos tampoco se los distinguía bien. Decidimos jugárnosla y bajar hasta la misma laguna, donde había más gente.
Nos anocheció montando la tienda, y para cuando quisimos cenar, lo demás ya estaban con la queimada. La verdad es que parecía que no había otro modo de calentarse, ya que JuanDi nos había dicho en el mail que "con un polarcillo y un saco de verano iba bien" y todo el mundo se lo había creído. Javi llevaba sólo pantalones cortos, y estaba pa morirse de frío. Yo, con mallas bajo los pantalones, camiseta de mangas largas, polar, palestina y poncho made in "El Rocío", estaba tiritando...
Había -2ºC. Estábamos bajo cero, y se suponía que con un polar y un cortavientos íbamos a sobrevivir. Tenía los dedos entumecidos, pringosos después de la pera que había tomado en la cena, pero cualquiera pensaba en lavarse las manos en aquellas condiciones. Estábamos rodeados de nieve en pleno agosto, el día más caluroso del verano, cansados a más no poder, pasando frío como los tontos por echar unas fotillos a la luz de la luna en lo alto de la montaña. ¿Mereció la pena?
| Allí estábamos, al fin, con la tienda bajo la mirada del temible Mulhacén. |
A medianoche decidimos que era la hora de echarse a dormir, y nos metimos en la tienda buscando consuelo y abrigo del viento y el frío. Lo intentamos todo: dormir sin ropa, con ropa, sin calcetines, con calcetines, frotarnos los dedos de los pies entumecidos, meter el poncho dentro del saco, esconder la cabeza bajo la almohada... pero nada funcionaba. De cintura para abajo no conseguía calentarme, y apenas dormí. El colchón, que se había desinflado un poco, tampoco me ayudaba mucho, porque cada vez que me movía para entrar en calor me clavaba las afiladas piedras nevadensis...

En una de esas desesperantes duermevelas, deseando que amaneciera ya y el sol nos calentara un poco, escuché un gorgoteo de agua en la laguna. Asomé el morro con más frío que un tonto y descubrí a las cabras, bebiendo justo en la orilla, junto a nuestro campamento.
Las horas pasaban, la lunaza llena paseaba perezosa por el cielo mientras el viento catabático nos zarandeaba por los cuatro costados y el frío empezaba a congelarnos los dedos de los pies. ¡Por Dios, que amanezca yaaaaaa! ¡Aunque eso signifique coger el caminito de vuelta! Y las cabras, venga a beber, venga a gorgotear...

Por fin amaneció. Aguantamos en la tienda hasta que todo el mundo se había levantado, para aprovechar el efecto invernadero del sol de la mañana, y luego salimos a ver qué aspecto tenía la dichosa laguna de La Caldera a la luz del día.
Desayuné un par de galletas de las mías y un zumo mientras disfrutaba de los rayos del sol del que habíamos andado huyendo el resto del verano, y que 3000m más abajo ya empezaba a asfixiar a mucha gente...
Algunos valientes se fueron a coronar el Mulhacén, pero para la mayoría de nosotros, llegar hasta la laguna había sido suficiente logro. JuanDi y otra chica decidieron quedarse esperando a los valientes, mientras los demás recogíamos y empezábamos la bajada.
En una de esas desesperantes duermevelas, deseando que amaneciera ya y el sol nos calentara un poco, escuché un gorgoteo de agua en la laguna. Asomé el morro con más frío que un tonto y descubrí a las cabras, bebiendo justo en la orilla, junto a nuestro campamento.
Las horas pasaban, la lunaza llena paseaba perezosa por el cielo mientras el viento catabático nos zarandeaba por los cuatro costados y el frío empezaba a congelarnos los dedos de los pies. ¡Por Dios, que amanezca yaaaaaa! ¡Aunque eso signifique coger el caminito de vuelta! Y las cabras, venga a beber, venga a gorgotear...
Por fin amaneció. Aguantamos en la tienda hasta que todo el mundo se había levantado, para aprovechar el efecto invernadero del sol de la mañana, y luego salimos a ver qué aspecto tenía la dichosa laguna de La Caldera a la luz del día.
Desayuné un par de galletas de las mías y un zumo mientras disfrutaba de los rayos del sol del que habíamos andado huyendo el resto del verano, y que 3000m más abajo ya empezaba a asfixiar a mucha gente...
Algunos valientes se fueron a coronar el Mulhacén, pero para la mayoría de nosotros, llegar hasta la laguna había sido suficiente logro. JuanDi y otra chica decidieron quedarse esperando a los valientes, mientras los demás recogíamos y empezábamos la bajada.
| La Laguna de la Caldera a la luz de la fría mañana de agosto |
Mientras desmontábamos, un acentor alpino (Prunella collaris) nos hizo una visita. Por fin a la luz del día pude verlo con claridad; unos cuantos de estos desvergonzados nos habían acompañado a escasos metros en la difícil bajada de la tarde anterior, pero con la luz tan mala no había podido ni verlos bien.
También pude fotografiar alguna florecilla de Sierra Nevada, endémicas de estas alturas:
| Ranunculus demissus |
| Arenaria tetraquetra |
La gente de repente se marchó; estábamos a puntito de terminar de recoger y en vez de esperarnos, desaparecieron como alma que lleva el diablo... estos del triatlón...
| Vista del Mulhacén desde el Veleta (paso de Carihuelas) |
Así que, sin afán de alcanzarlos, Pabletas, Mugen y yo nos echamos las machilas a la espalda y comenzamos la penosa vuelta, tras una noche de insomnio, frío y cabras.
En el paso de Río Seco, JuanDi y los valientes del Mulhacén nos alcanzaron. Propusimos volver juntos, y nos dijeron que ningún problema, que ellos tampoco iban muy rápido, y durante un trecho fuimos a la par. Pero hubo un momento en el que a Juandi se le rompió una bota; nosotros tres nos paramos a ayudarle, mientras que los valientes siguieron para delante. Lo que me sentó mal fue que Juandi no nos esperó a nosotros, que ya que nos habíamos parado, aprovechamos para forrar los pies con tiritas para las ampollas y beber un poco. Nos dijo que seguí despacito para no enfriarse, pero lo que tardamos en terminar de atarnos los cordones, ya se había hecho una mota en el paisaje.
No sé qué problema hay en los significados posibles de "juntos" o "despacito". El caso es que para ellos no era el mismo que para nosotros, porque cuando llegamos al paso de la Carihuela, el que estaba cortado por el nevero, ya habían desaparecido. Y por ello, no encontramos el atajo que había para subir por debajo del nevero y tuvimos que rodearlo por un sitio un poco más peligroso.
Tanto Mugen como yo estábamos bastante enfadados. Nos habían dejado atrás. Me sentía abandonada.
Echando chispas conseguimos subir por el nevero de la cara sur del Veleta y alcanzar el refugio, donde ya empezaba a haber algo de cobertura para poder llamar al autobús y reservar plaza en el siguiente.
Esperamos echados a la sombra de las trincheras, mientras escuchábamos a una familia muy ruidosa y numerosa jugar y entretenerse, hasta que el autobusito quiso llegar, a las 5 de la tarde. Muertos de cansancio, llegamos ya al Albergue Universitario, donde nos tomamos un refresco y un respiro antes de coger el coche para bajar de nuevo al camping.
Todos mis músculos parecían gritar, sobre todo los de las piernas. Pero conseguimos llegar a Fuente de Lobo, pasando por Prado Llano para sacar algo de dinero. El jacuzzi, con agua calentita y burbujeante, tras una excursión de este tipo es el mejor invento que hay en el mundo. Bueno, eso y un buen masaje de pies...
La noche fue demasiado corta. Teníamos que recoger todo y salir, pero no podíamos irnos aún a Badajoz. Hacía mucho calor y las 6 horas de viaje no nos las quitaba nadie. Así que se nos ocurrió hacer una pequeña visita al baúl de los recuerdos.
Yo me crié en Armilla, un pueblecito muy cerca de Granada, en la calle Mirasierra, junto a un campo de maíz y un colegio, al que yo me saltaba los fines de semana para jugar con los niños de mi calle.
No recordaba muy bien cómo se llegaba, pero siguiendo los carteles, y usando un poco de mi memoria fotográfica, encontré mi calle a la primera.
No pulsé el timbre, a pesar de que ya lo había hecho muchas veces en mis sueños. Me quedé allí, como una tonta, recordando muchas cosas. Mi calle antes no tenía salida: al final había unos campos de maíz en los que se me perdía el Gatuchi cuando se escapaba, y se veía la Sierra Nevada todos los días, y al pie se distinguía Granada, muy cerca.
Pero los campos de maíz ya no estaban allí; una urbanización los había sustituido. La Sierra ya no se veía desde la calle Mirasierra; el colegio de enfrente había duplicado su superficie y los edificios de toda la calle tapaban las vistas, de la Sierra y de la ciudad.
Después de mucho rato, dando vueltas por allí como una tonta, sin poderme despegar del sitio, me decidí a dar un paseo por el resto del pueblo. Armilla es un pueblo-grande-pero-grande, en palabras de Mugen. Probando las calles y llamando a mi madre para que me diera pistas del camino, encontramos mi viejo colegio. Ahora un parque infantil muy cuidado a la puerta le daba un aire alegre, pero los muros de ladrillo hasta arriba de antes me hacía recordarlo con un aspecto mucho más carcelario.
| Colegio San Miguel. Armilla. 2011. |
| Calle Real de Armilla. |
Siguiendo por la calle San Miguel llegamos a la Calle Real de Armilla, que llegaba hasta la plaza del Ayuntamiento y la calle mayor. Ahora unos raíles del Metropolitano de Granada la cruzan sin piedad, aunque de momento, hasta que se ponga en marcha, están invadidos por las terrazas de los bares.
Llegamos hasta la Caixa, que seguía en el mismo lugar de siempre, y el calor y el cansancio acumulado nos empezaban a pesar un poco bastante. Nos sentamos en una terracita junto a la futura estación de metro (es un metro de pega, va por encima de la calle, como un tranvía) y disfrutamos del fresquito de la brisa que aún corría. Ideamos un plan para huir de calor hasta que fuera una hora más prudente de coger el coche: ¡piscina municipal!
Pero la piscina estaba cerrada "porque era fiesta". ¿A qué lumbreras se le ocurre cerrar una piscina el día de más calor del verano, y en fiesta? Menos mal que nos dijeron que la de Churriana de la Vega estaba abierta. Así que nos aventuramos a acercarnos.
Llegamos por los pelos. Pero nos pasamos allí cerca de una hora, trípode en mano, disfrutando del fresquito que empezaba a correr y de la cantidad de bichos que pululaban allí.
| Atardecer en Fuente de Piedra |
| Flamencos en la laguna de Fuente de Piedra |
| Cigüeñuela, Himantopus himantopus |
| Pequeña liebre, Lepus granatensis |
Cuando se hizo tan oscuro que ya no se podía ni ver dónde poníamos los pies o la cámara, y los mosquitos estaban haciendo de mí una roncha con patas, decidimos que era momento de volver a coger la carretera.
